La Coctelera

Al Haschicha

18, jun

Cuchicheaban que habías perdido a tu hombre. Que había muerto. Y lo imaginé en medio de un desierto. Con la palabra "leche" entre dientes, y una mascada de algodón que lo resguardaba, desde la cumbre de la casa que compartieron. Quizá tosió todo en el sueño.

Yo te escuché leyendo, sonriendo, con una voz cortada que me caló la espalda. Era mi lóbulo derecho, reconociendo el dolor de lo perdido. Te vi leer, frente a una multitud de mujeres poetas, preocupadas por sus dietas y huir de sus vidas de amas de casa.

Chillaba ahí, resplandeciendo, la noche. Una noche en la que la muerte estuvo en el aire, y ni nos pertenecía. Hubo tamales, pero la palabra "leche" en los dientes de tu muerto, de tu hombre viviendo en tu boca, era más avasalladora que los pies del santo en la iglesia del San Sebastián; más luminosa que el kimono de la japonesa que presumía a Gelman.

Era todo y lo olvidé con tres palabras al aire, porque yo sólo quería estar sola, lejos de la mujer que me acosaba, de esa bulla de calor. Quería pensar en mi hombre muerto, cuando me llegara el tiempo, frente a nuestra casa en ruinas, para toserle mi amor.

Hoy tengo un escarabajo. Hoy tengo una mascada. Hoy tengo unas botas de desierto, de princesa rizada. Hoy no tengo rosa ni quiero tenerla; tengo las piedras de un jardín, dictándome la palabra "agua", para mi lengua. Tengo presagios de sangre, en la vena de la abuela terracota. Pero más tierra que sangre, tierra que guarda los cuatro corazones que entregaré, milagritos del amor que son perfume de destino.

Los ojos gutian no mienten, ni el lunar en la palma de mi mano. Pero siempre hay una mirada triste por todo lo que se ha dejado atrás. Son los olores que han fermentado mis cajas de recuerdos.

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