La Coctelera

Ciudad resquicio por la que deambulo en las madrugadas, para encontrar, rumbo a casa, a la puta de siempre que regresa, neceser en mano. Rostro cansado. Vieja. Cada noche más vieja. Saludo a los limpia-parabrisas. Saco el cigarro, se los prendo. Sonrío a los travestis que burlan los coches, en la misma esquina, a la misma hora. Cada viernes, las mismas placas. La misma postura. Chichis colgantes en Gomorra. Ciudad resquicio en la que los hombres me miran como una más al servicio, elegante e inocente bravucona que sortea en cada alto al que pretenda hablarme.

Resquicio, desde donde la anciana que pepena hurga, acompañada por sus perros. El clan también saluda. Los homeless duermen, en su trinchera de cartones y demencia tiznada. Ay, puta ciudad resquicio de esquinas que he aprendido, actitudes que delimito, a mi nado acompasado y certero de aquello que me hincha el pecho, un insomnio crónico que, a pesar del peligro, circundo entre un par de pisos y baresuchos para solitarios. Madrugadas hogareñas, en los cuadrantes de mi afinidad geográfica.

No me sorprenden ni aterran los jorobados, los de narices deformes, los borrachos, los que arrastran las piernas, ni los que escuchan sus grabadoras de juguete, mientras hablan solos. No los que se sientan en el camellón a amanecer. Ni los que estúpidamente caminamos para ver la luna, de reojo, mientras nos cuidamos las espaldas. Mucho menos los vagos que venden rosas, para juntar la mona. Al cabo de un par de noches, todos se hermanan. Los de cuidado son ésos, quienes de día aparentan pulcritud. Depositan monedas al San Judas y comparan al amor con un par de zapatos. Ésos sí me dan asco y mucho miedo.

Pero lo apaciguo, al ver pasar, en fotografías ajenas, la vida que quiero. Una pareja es feliz, son jóvenes, se acompañan, porque ése es el sentido final de la vida. Y pasan los mejores años, juntos, mirándose con derroche. Porque siempre serán los mejores años. Y me alegro, por ellos, por quien espero. Copa en mano, porque no espero. Porque no será. Pero por unas horas me han hecho creer que los amores hipócritas no manejan el universo, ni los ególatras, ni los que lo prostituyen por bicoca de poesía o acostones prestigiosos. El amor todavía existe. Y, paciana, brindo por él.