La Coctelera

Entrevista con Enrique Serna

El autor de Giros negros pasa revista a la cultura popular, a la alta cultura, a la contracultura, y declara su nostalgia por el burlesque, desplazado por el table dance.


ARM: ¿Cuáles son los aspectos más críticos que encuentra usted en la sociedad mexicana en términos culturales? ¿La democratización del país cambió en algo la cultura?

ES: Creo que justamente a partir de la transición a la democracia en 2000 -que muchos creímos que iba a traer un cambio mucho más sustancial en la vida política y social de México- hemos descubierto que un cambio de partido en el poder realmente no significa gran cosa. Pienso que se ha significado, sobre todo, porque ni el gobierno de Fox ni este gobierno se han atrevido -ni han querido- a desmantelar las estructuras corporativas del viejo régimen.

Pero además hay algo peor, y es algo que ya estamos viendo en todos los campos de la vida social: el priismo no es solamente la ideología de un partido, sino que es una cultura de la cual está impregnada toda la sociedad mexicana: la cultura de la tranza, de que las cosas se tienen que conseguir a través de influencias, de la ilegalidad, de que no priva el Estado de derecho en México, de los privilegios de algunas corporaciones sindicales, empresariales, etcétera. Es una cultura que se ha extendido a los demás partidos; o sea, hay priismo en el PRD, hay priismo panista, de manera que nos estamos enfrentando a un problema que está metido dentro de la propia sociedad. Es un problema educativo y un problema cultural.

Superarlos es la principal campaña que debe enfrentar la sociedad en un proceso de autoregeneración; por supuesto tiene que empezar por ser mucho más exigente en la rendición de cuentas con los gobernantes, y tratar de construir partidos que verdaderamente representen nuestros intereses y no busquen el poder por el poder, como ocurre actualmente.
ARM: En ese proceso de cambio político y cultural, ¿qué papel puede jugar la literatura?

ES: La literatura puede despertar inquietudes e inconformidades en algunos individuos. Realmente no creo que pueda provocar un cambio social; pero al despertar inconformidades contribuye un poco a que esos individuos empiecen a movilizarse, a exigir sus derechos.
ARM: ¿Cuál es el papel de la academia en la formación de literatos?

ES: Bueno, a pesar de que el mundo académico es una meritocracia en donde generalmente los más pacientes y los más macheteros llegan a terminar sus doctorados, siempre ha habido gente valiosa y creativa en la academia. A mí me tocó verlo cuando era estudiante de Letras; tuve maestros espléndidos que al mismo tiempo eran buenos escritores y ensayistas, como Ernesto Mejía Sánchez, Gonzalo Celorio, César Rodríguez Chicharro y José Pascual Buxó.

Pero también es cierto, desgraciadamente, que el mundo académico es un mundo que tolera y solapa mucho la mediocridad, y una manera de solaparla es darle tanta importancia a la metodología, en lugar de fijarse más en las aportaciones y en las ideas.
ARM: En varios de sus artículos hay una crítica a ciertas actitudes y conductas que podemos pasar por transgresoras, como lo son los swingers, el satanismo, las perforaciones del cuerpo.

ES: Creo que es algo curioso ver cómo a veces la gente que quiere liberarse, subvertir el orden, acaba cayendo en algo más represivo o se acaba convirtiendo y siguiendo el juego moral que pretendía impugnar. Esto pasa mucho en el campo de la subversión, de las transgresiones con las drogas, por ejemplo. Hablo de la gente que, al llegar a un punto de su dependencia, empieza a ver su adicción como una penitencia más que como un placer, y a partir de allí esto se convierte en un autoflagelo parecido al que practicaban los santos.

ARM: Al principio del primer capítulo de su libro Giros negros (Cal y Arena, México 2008), dedica algunos artículos al tema de los antros, del paso del antiguo cabaret burlesque a los table dance.

ES: Los tugurios de antaño permitían un trato más cercano, más conversación, se podían hacer amistades, y eso lo extraño mucho. Yo creo que además ese tipo de amistades propició, por ejemplo, el surgimiento del bolero en los años treinta y cuarenta. Pensemos, por ejemplo, en Agustín Lara, quien se enamoraba mucho de las prostitutas de los antros donde él tocaba. Toda esa tradición es la que yo veo que se ha perdido, es lo que realmente me duele; siento nostalgia por eso.

ARM: ¿Tendría algún sentido intentar revivir hoy el cabaret burlesque?

ES: Sí lo tendría, pero no sé si se pudiera, por lo general la mayoría de la clientela de estos antros es de jóvenes. Los que ya pasamos de los 40 nos vamos retirando un poco de la vida nocturna generalmente por motivos de salud, y los jóvenes, que no conocieron nunca esto, tienen otros gustos, entre ellos los musicales (como el reguetón y horrores parecidos), y además seguramente sienten que los tratan bien en los tugurios actuales; allá ellos.
ARM: Me llamó la atención lo que ha anotado sobre el autoritarismo que destila el feminismo. ¿Cómo se manifiesta en causas supuestamente progresistas dicho autoritarismo?

ES: Solamente hay que ver lo que han hecho en el ámbito de la Academia: se han apoderado de muchos departamentos, de muchas universidades. Creo que esto es un principio de corrupción dentro de su movimiento. Pero eso no quiere decir que yo sea realmente antifeminista; prefiero mil veces a una mujer inteligente, que trabaja, que una ama de casa sumisa y empalagosa. En ese sentido yo me siento feminista. La crítica que estoy haciendo es a ciertas aberraciones, ciertas desviaciones del feminismo que creo redundan en su propio perjuicio.
ARM: Usted también hace una reivindicación del dolor, de la pena, de los excesos para los procesos creativos. ¿Cuál es el papel de ello en la literatura?

ES: Yo realmente no creo en el mito del artista bohemio. Creo, por supuesto, que la vida hay que disfrutarla -he tenido épocas bastante fuertes de ser un parrandero-, pero para hacer literatura hay que tener la mente lúcida. Entonces creo que es falsa esa idea que pasa mucho por los medios de la contracultura de creer que el simple hecho de asumir una posición transgresora tiene un valor estético. Lo vemos a cada rato; cito ejemplos como el grupo Molotov, que hace una canción donde dice "Puto, puto, puto...", y eso lo tratan de vender como una innovación interesante. Hay que tener dentro de la contracultura la misma autocrítica que se pone a sí misma la alta cultura.
ARM: En esa dirección, ¿qué valor le otorga usted a la contracultura en el panorama del país?

ES: Creo que ha tenido el valor de remover las aguas estancadas, de poner en tela de juicio las distancias entre la cultura popular y la alta cultura. En México ha sido muy nefasto que haya este abismo que en otros países de Latinoamérica, como Brasil, se ha borrado: algunos de los mejores poetas brasileños han sido compositores de música popular, como Vinicius de Moraes, Caetano Veloso o Chico Buarque. Eso es algo que beneficia mucho a la canción.

En México no pasa eso; yo creo que le haría mucha más falta al país que hubiera buenos novelistas que fueran pianistas, buenos poetas que fueran compositores de música popular, etcétera, que se dieran más esos vasos comunicantes. Y eso es algo que en México ha propuesto, sobre todo, la contracultura, porque la alta cultura se pone de mamona y de establishment cultural que no quiere mezclarse nunca con el pueblo; esto lo tenemos por haber tenido esta cultura de élite, de cenáculo, que auspiciaron mucho los intelectuales que tuvieron una conciencia de liderazgo cultural y de vivir en minoría.

En ese sentido la contracultura sí ha aportado cosas muy interesantes, por ejemplo en la narrativa, como en la novela de José Agustín; varias de sus obras abrieron una enorme avenida para todos los escritores que vinimos después. Basta comparar eso con la forma en que escribían los escritores de la generación de la llamada Casa del Lago, a quienes les daba pena decir que salieron a la calle de Insurgentes o que tomaron un taxi en avenida Obregón. Como que tenían el temor de que iban a parecer provincianos si hacían un retrato fiel de su circunstancia, y esto creo que era una situación muy absurda.

Con esto rompió -creo que de manera muy acertada- José Agustín, quien además liberalizó el uso del lenguaje coloquial. Pero también he notado que el público lector mexicano es mayoritariamente conservador: la novela histórica es un género mucho más leído que cualquier otra novela. Yo comparo, por ejemplo, entre mis novelas El seductor de la patria y Fruta verde; la primera es una novela histórica que mucha gente va a leer porque siente que al mismo tiempo se está educando, mientras que la otra es una novela intimista que aborda el tema de la homosexualidad, y de la que yo sabía desde el momento de publicarla que iba a tener muchos menos lectores.

Ariel Ruiz Mondragón

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