Siempre había pensado que la mejor forma para terminar todo era completar. Por lo menos, un final casual, como los últimos encuentros que sostuvieron en la intimidad de un baño. Se había dado cuenta que eran los espacios donde entregaba el verdadero placer. Pero había que terminar.
No sabía si llamarlo, o esperar esa ocasión en la que ambos cruzaran un par de palabras; quizá, él la invitaría por un trago, después de una reunión. Ella aceptaría, dudosa, pero segura del siguiente paso. Se sentarían uno frente al otro. Tras algunos tragos, pocos, él le acariciaría la tibia; cambiaría de lugar, para poder alcanzar su espalda baja, la que tanto le gusta tocar. Le miraría los pechos, redondos, pequeños, perfectos, y recordaría cuánto la había deseado, desde el primer día que la vio desnuda. Ella estaría inmóvil, pero sería gentil, hasta pedirle que se fueran de ahí. El camino en el coche sería silencioso, pero antes elegirían un disco. Acordarían uno de Leonard Cohen. Años antes, ya lo habían escuchado, mientras viajaban en otro coche.
Al llegar, bajarían con deseo velado. Comentarían cualquier tontería sobre la noche estrellada, el gato de la esquina o esa ventana rota del edificio contiguo. Entrarían al departamento y él le mostraría un par de lugares que a ella no le interesaría aprender ni recordar. Sabría que nunca más volvería. Ella estaría ahí, para completarse.
Le preguntaría si ya tenía un colchón o si seguía durmiendo en el suelo. Buscaría un libro que le había prestado y nunca pidió de vuelta. Se desnudarían, sin prisa. Luego los besos, muchos, sexo que frota al sexo, mirada que, tierna, encuentra a un tercero que habla por los poros, pieles que huelen rosa y bocas que besan colores. Luego un «te necesito», «te extraño». El silencio. Arriba, penetrante, buscaría la claridad; él, como casi siempre, sentiría miedo. Ella le mordería, suavemente, la oreja, el labio. La necesidad sería dulce y recordarían momentos, parecidos a ese, en los que habían hablado de hijos y años. 6 ó 10. Ya alguna vez, habían construido un sueño con hortalizas y un padrino que les hubiera obsequiado huevos de tortuga la noche de bodas.
No sabía si pedirle. O, repentinamente, visitar su casa, de nuevo, con el corazón en bandeja. Sentía tremendo impulso por sentirlo dentro. Pero inmediatamente se daba cuenta de lo absurda que estaba siendo; esperaría el día en que ya no sintiera, mientras al fondo escucharía el Tender melancólico de Blur. Blur era azul, como sus besos, y ella. Pronto quedaría

atrás.



7 abr 2009 | 01:33 PM
Jesús
Me parece fenomenal. A pesar de ser corto está plagado de bellísimas escenas. Felicidades
7 abr 2009 | 01:51 PM
Zazil Alaíde
Gracias, Jesús; es agradable tu comentario.
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