La Coctelera

¡Uh! El ska rifa

¡Uh!, también el punk

¡Uh! los grafiteros

¡Uh! y el jip jop.

¡Heyy!

“Patineto”, Maldita Vecindad

Giovanni Dos Santos, Maradona, Pelé, Juan Pablo II, la virgen de Guadalupe, Michael Jackson, Ronaldinho, Hugo Sánchez, Emilio Azcárraga, la afamada copa mundialista, elementos aztecas y del juego de pelota son algunas de las figuras centrales de los 300 diseños de grafiti que desde enero alberga la barda perimetral de “la catedral del fútbol”, el Estadio Azteca.

Mujeres y hombres fueron seleccionados para plasmar diseños alusivos a la historia del Estadio, ya como oners (participantes individuales) o como crews (colectivos que van desde las 3 personas en adelante), luego del lanzamiento de una convocatoria conjunta de la Secretaría de Seguridad del D. F. y el Estadio Azteca, con el objetivo de perpetuar la presencia de los jóvenes en la ciudad y engalanar la fachada del recinto con símbolos que buscan identificar a la ciudadanía.

Y ¿por qué el grafiti?

‘Grafiti’ es una palabra relativamente novedosa en los diccionarios de lengua española; simplemente se emplea como un sinónimo de “letrero o dibujo”. En nuestras calles, su auge es, también, algo reciente; aunque convivimos a diario con él, por ello, definirlo debe ayudarnos a develar sus mensajes latentes.

El grafiti es una forma de escriturar, por lo tanto, de limitar: erigir fronteras, pues establece qué hay dentro y fuera, qué es lo prohibido y legal, lo lineal y caótico, lo grotesco y bello. Sin embargo, los antónimos y adverbios no deben ocuparse con tanta artificialidad: el grafiti, como la frontera, es una metáfora y, para muchos, una acción poética.*

La asimetría

El arte urbano, por origen, no ha de ser simétrico. En sí mismo, constituye un manifiesto contra las estructuras rígidas y decoloradas de la urbe: paredes grises, puentes peatonales agrios, condominios y multifamiliares unívocos, diminutos, fábricas solemnes, estatuas marrón, parques muertos, pero subyace en el fondo como un posicionamiento político frente a la aparente enemistad entre el espacio público y el privado.

El grafiti ha acompañado las protestas de la humanidad. En un intento por registrar sus orígenes (occidentales), se le ha ubicado como una práctica de queja ya presente en Roma, como una forma críptica que sólo ciertos grupos podían decodificar, como los cristianos primitivos —considerados no-ciudadanos y cuyo arte era pagano— y su escritura cincelada en catacumbas, a fin de identificarse y salvaguardarse de los ataques de los romanos, entre otros. (La noción del arte, ya desde estos tiempos, provoca placer, es decir, que los espectadores no únicamente son receptores, también son capaces de responder; del mismo modo, un principio del grafiti es la incitación, tensión y contratensión.) Siglos después, surgen los carteles de protesta en todo el mundo y es hasta finales de los 60 (la época de la guerra de Vietnam), en Nueva York, cuando el grafiti aparece tal cual lo conocemos: un simple tag, es decir, una firma con plumón, la marca de que alguien estuvo allí. Luego la práctica se extendió a la par de la cultura del hip-hop; se organizaron grupos, el aerosol llegó a la escena y con ello los colores, tipografías y estéticas de stickers, esténciles y serigrafías.

Sin tanto romanticismo, el grafiti entró a México gracias al cruce de fronteras. Precisar una fecha resulta incierto, pero hay académicos que hablan de los años 80, cuando las bandas de las zonas conurbadas del D. F. —y las de más reciente urbanización en el resto del país—, influidas por el cine estadounidense, decidieron marcar sus territorios. Aunque, por ejemplo, el performancero Guillermo Gómez-Peña señala que entre 1974 y 1975 hizo unos 50 grafitis con brocha gorda, de los que documentó 3, mismos que incluyó en su Bitácora del cruce (Fce). Hay más que mencionan los años 60 y 70 con la presencia de grupos como Pentágono y Suma… En todo caso, se inició en los barrios marginados de las grandes urbes de nuestro país, con el propósito inherente de desafiar, unido, además de la evidente vena del “otro lado”, al muralismo, que impregnó a la plástica del grafiti con temáticas sociales y políticas.

La calle como laboratorio

El desconcierto de sus orígenes deviene del carácter efímero y espontáneo de este arte, de ahí que para muchos en el medio se considere una condición necesaria el no-permiso. Un grafiti pierde valor si se hace con consentimiento de las autoridades; así, se convierte nada más en un mural hecho con la técnica del grafiti, pero este discurso atiende motivos políticos.

El grafiti se hace en las calles y para las calles. Por eso, hay grupos que aceptan que con el visto de la sociedad se les permita expresarse. Sin embargo, la regulación desatiente lo que para otros es la esencia: el anonimato y la adrenalina que hace que el grafiti sea más que el producto final, sino una suerte de iniciación y rituales nocturnos plagados de códigos secretos que dan identidad a los miembros de las crews (de aquí que se le asocie casi directamente con el vandalismo).

Cuando el grafiti toma un espacio urbano (un muro o barda), adquiere un cuerpo, dimensiones y formas definidas que lo dotan de valores táctiles y lo acercan aún más a los receptores-habitantes. Su surgimiento en la entraña de los barrios marginados o “bajos” conserva la carga que los ghettos de antaño guardaban, ese impulso por gritar su pertenencia a una ciudadanía que los excluye y a un espacio abruptamente arrebatado: la lucha por sobrevivir en la hostilidad de urbes desintegradas, erosionadas e impersonales.

La pertenencia

La recuperación de espacios públicos por parte de los ciudadanos es una política pública a fomentar, por ello, cada vez con mayor frecuencia, los gobiernos impulsan el grafiti, tan es así que algunas plazas públicas se prestan como aparadores. Todavía hay bastante recelo y una discusión acerca de sí es un acto vandálico o no. La legislación es bastante paradójica, ya que el grafiti está tipificado como un delito por “contaminación visual” (Artículo 26, fracción V), pero si éste se hace con permiso previo, ¿adquiere otro valor? No tendría porqué, pues las leyes no atienden a la estética, lo cual denigra este arte.

Habría que considerar varias vertientes entre lo ilegal y lo legal. El arte callejero (street art), que incluye el grafiti, constituye un vínculo con el espacio, un acto de apropiación al que los ciudadanos tienen derecho. Poco a poco, las localidades tienen clara la necesidad y conscientes de que no se puede frenar, han decidido destinar espacios para el grafiti. Para el sector privado es igual de conveniente: Wal-Mart y la Impulsora para el Desarrollo y el Empleo en América Latina (Ideal) ofrecieron ya espacios para el grafiti con buena aceptación. Sin embargo, hay que atender muy bien los procedimientos.

Para que una política pública sea funcional, precisa atender, en términos generales, los sectores y las áreas más empobrecidas. Curiosamente, dichas zonas son las que concentran mayor cantidad de jóvenes en las ciudades de nuestro país, lo cual, de entrada, los excluye y cerca con pobreza, violencia y limita su acceso a la recreación y la cultura. Peor aún es que las políticas públicas destinadas a la juventud inicien sus acciones caracterizando a sus propios destinatarios como delincuentes o chavos sin ambiciones. Así, uno de sus mayores fracasos ha sido el utilizar a la juventud como un mero medio de control, de ahí la reticencia de muchos grupos por participar en concursos como el del Estadio Azteca u otros de la mano de Secretarías gubernamentales: la experiencia ha demostrado que la diversidad trastoca a las sociedades, sobre todo a sus autoridades.

Es muy cuestionable que existan concursos o convocatorias destinadas al grafiti, organizados por los gobiernos estatales, mientras que la Secretaría de Hacienda graba con un impuesto del 50% las pinturas de aerosol para frenar su uso entre “delincuentes”; lo mismo que las retribuciones económicas sean nulas o escasas, soltando el mensaje de que el artista lo hace “por amor al arte”. Si de verdad los gobiernos quieren incluir a la juventud, pues han entendido las necesidades, acciones como las promovidas en torno al arte urbano no se abastecen con “liberar” un par de zonas, habrían de establecerse sistemas de becas para proyectos, ayudarse de patrocinios, así como mirar al grafiti como un trabajo y sensibilizar al resto de la sociedad.

Ahora, retomando el tema de la delgada línea entre lo ilegal y legal, otros artistas opinan que, más allá de la regla dorada de riesgo=valor, lo que hacen vale la pena que se realice con más parámetros de calidad, es decir, con tiempo suficiente, sin pintar a la carrera y cuidarse de las autoridades. Otra razón, consideran, es la perpetuidad.

Si bien el grafiti no dejará de ser efímero, con el consentimiento del resto de autoridades, patrocinadores y habitantes se puede alargar el tiempo de exposición de cada obra para que el público la conozca mejor. A través de medidas como estas (que no dejen de tener un espíritu de resistencia, ya que el medio es el mensaje), los espacios públicos como parques, mercados, universidades, estadios, incluso cafés o galerías, adquirirán fachadas más atractivas para los viandantes y el entorno arquitectónico.

Zazil Collins




* Algunos colectivos y artistas que destacar, principalmente de México, Guadalajara y Monterrey: DSR, Siamés, Une, Neuzz, News Sanner, Dear, Faffi, Colectivo Neza Arte Nel, Guillermo Heredia, Watchavato, Mr. Fly, Ricardo Alonso y Oval-Sego, los Evolve, Freakolors, VSR, News y Mookiena, ERA y LEP, DEK, PEC, ERA, CHK, TNT (Tribu Nueva Tenochtitlan), AMX (Artistas Mexicanos Extremos), los Chainas, los Bakers, Motick, entre otros.