Una de romanos
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MUCHAS VECES SOÑÉ con un mago caminando frente a mi ventana —sobrevolaba en mi ventana— y confieso que, por algún tiempo, le temía a las brujas y sentía que en las noches podían estar escondidas bajo mi cama. Por alguna exótica razón, cada vez que pasaba por La Casa de las Brujas, pensaba que allí vivían brujas como la Angélica Huston pelona y horrenda que convertía adorables niños en ratones. Hoy extraño La Casa de las Brujas; también la tienda de magia que estaba casi bajo mi casa y la lotería esperpéntica de personajes con los que crecí imaginando historias: el ropavejero, que igualito que el de Cri- Cri cambiaba, vendía y compraba por igual, en la esquina de Mérida y Chihuahua, ¡chamacos malcriados!, ¡miedosos que vendieran! Y niños que acostumbraban dar chillidos o gritar —eso me dijo Chelo, la de la tiendita en Mérida—; el robachicos, que si habías visto la película Robachicos y luego te encontrabas en la calle a uno de los actores que hacía de malvado —vivía por Tabasco o Colima, con precisión no recuerdo—, sabías que te tenías que agarrar de la mano de tu mamá; el teporocho, un actor olvidado; el negrito, un bembón arrojado por su familia al ostracismo; el león, vivía en el patio de una casa en Durango casi con Cuauhtémoc; la huérfana, una niña que a todas las señoras les decía “mamá”; el guapo, el clásico macho que se rotaba muchas mujeres, sin pudor alguno por ponerles casas vecinas; la indita, que iba de casa en casa a lavar ajeno; el perro, que llegó desfigurado a la colonia —con la mandíbula desencajada— y se le veía en las esquinas borracho; el enanito, que vende billetes de lotería en Jalapa y Tabasco; el bolero, con pata de palo; los vagabundos, amorosos que dormían a la mona; el hombre de Cromagnon, literalmente un hombre primitivo que, desde que tengo memoria, ha vivido a la intemperie en la esquina de Frontera y Cuauhtémoc; el ciego, un pianista que tocaba para las niñas de una escuela de ballet. Varios han muerto. Aunque si se espera la magia, habrá una noche que en una fuente de Álvaro Obregón, un vagabundo llegue con reverencias a ofrecerte una rosa malva —me pasó, aunque luego me la arrebató por no darle dinero— o podrás bailar en la calle algún son de Melón y sus Lobos.
Después de los apuntes para el psicoanálisis de los cuentos de hadas urbanos, la presencia de lo macabro queda justificada por la arquitectura de la colonia. Sus muros se cimentaron hace 105 años y las casas art nouveau aún guardan, en sus crujientes duelas, los rescoldos de los espiritistas que tanto apreciaba Carmelita Romero Rubio de Díaz. Es un
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secreto a voces que, por la razón que sea, la gente vive y trabaja con fantasmas; hay los que creen que en las noches “se aparecen”, los que han “visto cosas” y los que nunca caminarán frente a alguna casa por lo que imponen —o por miedo al costal del ropavejero—: enigmas del porqué antiguas casas, amuralladas por mala hierba, parecen vacías desde siempre, quién las habitó, a dónde se fueron, por qué no retornaron… Sabemos que el temblor del 85 dejó estelas de abandono y aún hay casas huecas que conservan las camas, la ropa, los objetos de quienes las habitaron. Algunas propiedades fueron expropiadas por el Instituto Nacional de la Vivienda y los dueños se fueron con la promesa de que las reconstruirían (nunca pasó) y pareciera que la gente salió pensando que regresaría muy pronto: todo está intacto y en derrumbe. También cruje, se despinta y desmorona, y lo fantástico, poco a poco, se disfraza de chic; se siguen expropiando familias que perdieron su derecho a vivir aquí. Otros emigran por voluntad. Los nuevos dicen que llegaron a la colonia porque es más tranquila que el Centro, más barata que la Condesa y más céntrica que Polanco, pero el bluff llegó porque está de moda lo retro: siempre es más fácil apropiarse de lo olvidado. Pero los olvidados nos persiguen. Qué más significativo que un parque Juan Rulfo —Álvaro Obregón e Insurgentes— que guarda niños de la calle o la Romita dónde todavía viven personajes como “El Jaibo” buñueliano o las “casas tomadas” con el único fin de intervenir agujeros negros y, quizá, darle salidas al olvido con acciones que pretenden reinventar a la clase media: The medium is the message [McLuhan lo dijo]. Caminar hoy por la Roma es adentrarse a la boca del lobo y las máquinas del tiempo (por ejemplo D’Alfredos, en Álvaro Obregón y Orizaba), a la destrucción y al enfrentamiento. En esas casas abandonadas y “tomadas” hay pedazos sueltos de palabras anónimas y efímeras que gritan y de imágenes que protestan: intervenciones del arte urbano del sticker, esténcil, graffiti e instalaciones callejeras.
Algunos muros tienen esperanza. En una de las paredes de la Casa Lamm, la frase “Pensar es de vacas” estuvo, asombrosamente, durante meses hasta que la lluvia la borró. La palabra es un instrumento poderoso: enarbola aquello que es tabú o margina; la escritura —no sólo es alfabética— del arte callejero pretende definir o borrar los límites del espacio [espacio=poder] desde el anonimato y lo efímero. El sexo, la violencia, represión, marginalidad, tristeza juegan en el campo de la ciudad; en la Roma hay dos casas emblemáticas que han tapizado artistas urbanos para darse a conocer o “unir fuerzas” (además, cuanto más vistoso, mejor para seducir al viandante), una está en Zacatecas y Monterrey y la segunda en Álvaro Obregón e Insurgentes.
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Las imágenes —compartidas por muchos puntos de la ciudad y del país— manejan el color negro, blanco y sepia, en su mayoría, claroscuros que los lugares evocan. Inminentemente la ciudad es de un gris violento y las imágenes lo escrituran: un Salinas de Gortari con cuernos, Tongolele usando una máscara de gas, un PFP con el emblema de “El cerdo”, indígenas virtuales y rostros anónimos o tremendistas como los que el colectivo DSR nos impacta en “Ciudad violencia”: ¿quién está aquí? Los olvidados, los olvidados… Hay espacios que se resisten a la desintegración a contracorriente, la Romita, génesis de la colonia, es uno de ellos. Buscando la reactivación de la zona, que por mucho tiempo —y sigue conservando la fama— fue altamente delictiva, se restauró una de las casas donde vivió hace años Rincón Gallardo, en el callejón 8, para convertirla en la Casa Tomada, clara inspiración cortazariana, cuyo objetivo es funcionar como un espacio que incluya en sus actividades a los vecinos. Casa Tomada también ha adaptado el arte urbano y exhibe murales hechos con las técnicas del graffiti. A unas cuadras está el Multiforo Alicia —en Cuauhtémoc, entre Durango y Colima— que ya le roza los talones a los 12 años y, entre que cierra y no cierra, le imprime al espacio (con la estética de sus carteles que juega con figuras de la cultura popular: Pedro Infante, Jorge Negrete, Piporro) la vivacidad y autenticidad que a los esnobistas no les sale, ¿será por eso que lo quieren cerrar? El Alicia ha retumbado con un listado enorme de roqueros y chicos de la onda —y no tan en la onda—, ha fumado con Albert Plá, vituperado con el Monsi y zapateado con la Otra: el Alicia es territorio Rockma. Y sí, pues la Roma parece un circo. A lo mejor es cierto que “infancia es destino” y con eso de que se dice que los nombres de las calles de la colonia corresponden a las ciudades o estados donde el circo Orrín dio show, pues cada calle tiene el suyo. Así, en la calle de Jalapa, esquina con Zacatecas, está la Embajada Jarocha que a toda hora jarochea; en el cruce de Querétaro y Orizaba, los Enanos del Tapanco cuentan cuentos; más adelante está el teatrero Foro Luces de Bohemia; en Cozumel, la Casa de la Paz; en San Luis Potosí el Café de Nadie, que hace honor a la novela de Arqueles Vela y evoca al café Europa (estuvo en Álvaro Obregón 160) que reunía a los estridentistas; en Colima casi Insurgentes se encuentra el Centro Cultural de la Diversidad Sexual; en Puebla y Orizaba está la Casa del Libro de la UNAM, que espera ser un monumento histórico —justo ahora están recabando firmas, cualquiera puede entrar al lobby y firmar— y, también en Jalapa, el Hexen-Café, en cuyo techo cuelgan pequeñas brujas en sus escobas (las brujas aparecen por doquier en la Roma): en todos los anteriores, conviven exposiciones fotográficas o pictóricas, música, cine, teatro, danza, lecturas, pláticas…

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Siempre hay magia, sobriedad, melancolía, fiesta, baile, violencia, comunión, disparidad, historia, arquitectura, cultura que los habitantes de la colonia han forjado y, a su vez, ésta nos ha dado cierta identidad, pero uno de los mayores enemigos culturales es la censura que han experimentado lugares que ni la deben ni la temen, como ya le ha pasado al Alicia, a la Embajada Jarocha y, recientemente, al café-galería los Enanos del Tapanco. Y me pregunto por qué no se persigue a los narcomenudistas que bien se sabe dónde viven y operan o a los giros negros… A veces me fascina que los templos converjan aquí: hay una sinagoga, un centro budista, iglesias como la de la Sagrada Familia y la de Nuestra Señora del Rosario y a la sui géneris Pare de sufrir, un lugar del que sigo sin entender por qué se convirtió en eso si antes fue el Teatro Silvia Pinal; pudo ser muchas otras cosas pero este concepto abstracto me inquieta (alguien me contó que entró camuflageada para hacer una etnografía del lugar, oh sorpresa, bendicen carteras y los viernes son de exorcismos). Que todos convivan cerca es una suerte de laico realismo mágico, pues hay que recordar que hasta los narcosatánicos se establecieron en la Roma (vivían en una casa que rodea la plaza de Luis Cabrera)… pero, nuevamente, hay de todo, para los que no nos gustan los templos, nos podemos encomendar al Cantinflas con gigantismo o los dioses grecorromanos y al San Sebastián flechado que desde Álvaro Obregón resguardan las calles, ¡qué éxtasis! Pues bien, el Teatro Silvia Pinal se santificó y el Foro Teatro Contemporáneo desapareció, en 2006, al mismo tiempo que Ludwik Margules, una pérdida enorme y triste. Hoy el foro permanece solo y es imposible pasar por ahí sin la esperanza de volver a ver el letrero que anuncie el próximo estreno; ningún otro lugar se le parece y difícilmente se volverán a presentar en la Roma obras de Camus, Brecht, Sartre, Chejov o Mrozek. Así como Margules, muchos otros personajes han dejado huella en la memoria cultural de la colonia y pocas otras pueden alardear de ello. Kerouac vivió en Orizaba 212 (habría que poner una placa, yo digo), se dice que Fidel Castro [que nada tiene de cultural pero sí de histórico] caminaba mucho por Álvaro Obregón, Melón y sus Lobos tocaban hasta hace poco en La Flor de Lis y, claro, personajes clásicos como Álvaro Obregón, López Velarde, Leonora Carrington, Raúl Anguiano, Juan Gelman, Gerardo Deniz, una que otra rockera Ultrasónica y más han vivido aquí.
Hace no tantos años (2004), Matías Meyer rodó “El pasajero”, un cortometraje donde el historiador Jean Meyer quedó inmortalizado con el papel de un hombre que se suicida en la Iglesia de la Sagrada Familia (en Puebla y Orizaba) y, recientemente, la colonia protagonizó el videoclip “Detalles” de los Tigres del Norte, que filmaron en la Plaza de Luis
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Cabrera y Córdoba porque, lo confiesan en su página web, se enamoraron del lugar. También hay muchos artistas contemporáneos escondidos; en el “corredor cultural” del camellón Álvaro Obregón, los fines de semana se reúnen pintores y artesanos para exhibir y vender su obra, un espacio público establecido por ciudadanos y que se inserta como una superposición temporal —mezcolanza de décadas— más al ambiente de la Roma. Así, las discontinuidades estilísticas son palpables y muy coloridas, aunque a veces nos podemos encontrar frente a la simulación del arte y una estética meramente publicitaria —de poseurs—, como la del auge del sticker, que es una experiencia injertada en nuestra sociedad, pues mucho de lo que se ve en la calle es lo mismo que podríamos ver en otros países y que se creó en contextos propios, que se justifican allá, pero aquí ni nos viene ni nos va. Cada día nos podemos sorprender de lo que se fue y llegó y de que nunca nos hayamos dado cuenta de lo que siempre ha estado. Hace poco di, en Coahuila 168, con una tienda especializada en discos de rock y blues que ni en Mixup y con otra de trenecitos eléctricos, verdaderas reliquias, en Durango 127. Hoy, donde antes fue un café, existe Border [Orizaba 203-A], un pequeño centro de documentación de arte urbano que integra experimentos visuales y sonoros de video y disc jokey’s [VJ’s y DJ’s que mezclan con música ambient, noise, funk, jazz y hip hop], así como de graffiteros que continuamente intervienen, en vivo, las paredes del lugar, lo que es un acercamiento activo a las nuevas formas de la cultura urbana. La idea no es tan novedosa en la Roma, pues desde hace años el café de los Enanos del Tapanco invita a pintores para que, fuera del estatismo que las galerías instituyen, ocupen sus paredes e invadan a los que toman su cafecito y leen: las paredes sí hablan; algunas guardan el beat, como las del Red Fly (en Orizaba), que acogen festivales de slam de la poesía de rimadores urbanos [MC’s] que quieran llegar a improvisar y retar, una fresca adaptación de las controversias de los fandangos, los trovadores de hace dos siglos, los poetas cortesanos y, claro, los aedos. Hablando de poetas, en el Bistrot de Álvaro Obregón se establecieron unos jóvenes poetas para hacer que los miércoles sean de poesía en voz alta y su proyecto vale la pena; son los mismos que en el callejón de la Condesa, en el Centro, hasta hace muy poco tiempo, iban a leer en voz alta cada sábado… en la Roma siempre se les ve vendiendo Verso Destierro. La música guapachosa igualmente está presente en lugares tradicionales como El Gran León, en Querétaro y Medellín, un remake del Bar León de Pepe Arévalo y el Jacalito, casi enfrente; y la clásica en la Sala Chopin de Álvaro Obregón, aunque sin controversias tan populares.

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Y volvemos al laberinto de las calles donde todo es un collage, un conglomerado dinámico, fascinante y plagado de mensajes multicéntricos y multiétnicos (hay un asentamiento significativo de mazahuas en Guanajuato, entre Orizaba y Jalapa). Si no hubiera un fondo cultural común, musgoso, de escombros y antagonismos, vivir aquí sería asfixiante, porque no se podrían imaginar los misterios y las historias que en cada esquina están escondidas en espera de ser develadas —sí, hay códigos. No es una colonia tan grande y caminándola se aprende a conocer a la gente, sus horarios, a qué se dedican, cómo caminan, qué esperan y eso, a cómo está la vida urbana de fría y plástica, es entretenido y rico; además, aquí es común que un espacio se encime en otro: en una azotea o un jardín puede haber un café, una galería o un salón de belleza, todo es cosa de atender. La Roma tiene calles especiales que andar y percatarse de que el tiempo pasa y nos hacemos viejos y nos iremos pronto, igual que los olvidados; yo prefiero los estados que tienen ciudades portuarias (porque me recuerdan la introspección marina), así que suelo elegir las calles de estados como Veracruz, Tabasco, Colima y Jalisco para caminar: y como la Trevi, yo camino por aquí, si aquí es la acera de enfrente.
En Cultura urbana, n. 16
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Sobre MOMALINA: el lugar de los guajes coloridos
MOMALINA: el lugar de los guajes coloridos
México
Zazil Alaíde
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contacto »Vate con teponastle; cronista de sucesos y relatora de viajes. Poeta entre puntos y comas. Me encomiendo a san Sebastián cada que recuerdo y prefiero psicoanalizarme con el tarot de Macondo. Como todos, investigo el sentido de la vida. Autora de "Junkie de nada" (Lenguaraz, 2009) y "No todas las islas" (ISC-Conaculta, 2012).
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lindo escrito......suerte .no dejes de escribir..
¿Qué pasó con el final? No sé si sea que mi compu no despliega bien la página, pero el texto se corta en "artistas u"
un saludo, zaz.
sí, ya ví. No sé que está pasando con el sitio, parece que hay problemas con la edición, pues, además, todo me lo publica en negritas y cursivas. Pero bueno. arriba está un link al pdf y ahí se ve como debe ser y, claro, ¡completo!
saludos, dond
Hola, cómo te va? Te invito a una lectura para el día 9 de septiembre al parecer será en la UACM del valle, es en la tarde.
Saludos.