Politóloga desertora y licenciada en letras. Cronista de sucesos y relatora de viajes. Me encomiendo a san Sebastián cada que recuerdo y prefiero psicoanalizarme con el tarot de Macondo. Mi animal, el suricato. Como todos, investigo el sentido de la vida: a que no puedes decir camarón-caramelo 20 veces.
Quería contar, a los siete mares, que eras mío. Que era tuya...
Eloísa y Ferdinand navegaron, tan soeces, esperando roerse los huesos, al filo. El argumento. Pero ninguno sació el desasosiego que sólo se comprende a la partida de la palabra, al faje de un treno de Penderecki. Aprendieron a besar a otros. Con y sin ojos de amor. Masturbáronse ante la escena de guerra en un filme nada sepia. Tierra de nadie. El felatio fue con otros, siempre otros. Y otras. Pero él lloraba en la altura de su fortísima tela de catarina, mientras ella ya había entregado al último hombre que amaría el-Khiam de su pecho. El tiempo los separó y reunió, como olas de aire, y aceptaron que los mejores versos, a veces, se inscriben en las piedras, las noches del Jacinto. Sus lágrimas renacieron flor. Las gaviotas lo atestiguaron. Eloísa Saal, viuda, y Ferdinand Saligia, gaviero, dejaron la mar, de paso, al índice de Alentejo. Rutas de náufragos, capitanes de altura.
Donde pongo la vida, pongo el fuego de mi pasión volcada y sin salida. Donde tengo el amor, toco la herida. Donde dejo la fe, me pongo en juego.
Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego vuelvo a empezar, sin vida, otra partida. Perdida la de ayer, la de hoy perdida, no me doy por vencido, y sigo, y juego
lo que me queda: un resto de esperanza. Al siempre va. Mantengo mi postura. Si sale nunca, la esperanza es muerte.
Si sale amor, la primavera avanza. Pero nunca o amor, mi fe segura: jamás o llanto, pero mi fe fuerte.
Poetry is no place for a heart that's a whore. Martha Wainwright
Me iré en lo inhóspito de tu volcán al talante de una mesa sin recoger, con el mantel manchado de café, y rastros que no nombro para dejarnos olvidar la huella.
Me iré en esos días de surcos en la tierra, después de la lluvia, antes de dormir; evocando la casa de campo y al único hijo que no volveré a tener.
Hoy mi sexo rebosante e hinchado es solo como la ruina y la niebla el invierno mermando sobre el río, amistoso anunciamiento de los colores brillantes que pasaremos sobre lomos y pechos ajenos que abrazaremos desde lo insípidamente lúdico hasta reanimar los otoños. Será, amor, casi eternamente.