La Coctelera

Categoría: pomes

Poesía en Casa Hilvana, 7 de noviembre

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En el Faro Joven de la FIL del Zócalo: 17/10/09

Notimex

Con un programa que pretende abarcar los amplios intereses de la juventud actual, con talleres, literatura y música, en la IX Feria del Libro del Zócalo se instalará una vez más el espacio El Faro Joven.

En este espacio dentro del encuentro editorial que se llevará a cabo del 9 al 18 de octubre en la Plaza de la Constitución, habrá mesas redondas sobre el cómic, talleres de tornamesa, presentaciones literarias y conciertos de dub, hip-hop y rock, entre otros actos.

Las actividades juveniles iniciarán el día 9 con una transmisión en vivo del programa radiofónico "El weso" y a lo largo de la feria habrá la presentación de libros en diversos géneros literarios, como ciencia ficción, "Gel azul" de Bernardo Fernández, y poesía, "Junkie de nada", de Zazil Alaide Collins.

También, "Picnic en la fosa común" del músico y escritor mexicano Armando Vega Gil, o la promoción de autores jóvenes por parte de empresas independientes como Amarillo Editores y Lenguaraz.

Asimismo, habrá mesas y redondas y conferencias sobre el cómic con personas provenientes de diversos estados del país; el tema de Acteal; y Alejandro Magallanes, uno de los cartelistas más reconocidos actualmente, con exposiciones en una decena de países, hablará de su trabajo.

Habrá conciertos literarios, con jazz y poesía de Vicente Huidobro o Daniel Malpica, y en música en general se presentarán en concierto bandas como Las Comadrejas, Los Guanábana, Dj Carlos Icaza, La Petra, El Mastuerzo, Cabeza Parlante y Ventisca.

También, del género dub estarán Algorythm & Blues; del dubstep hará su presentación Nimbo; Antiestrés, un proyecto alterno de Los Músicos de José y Xolo, un espectáculo poético musical en náhuatl y en español encabezado por Mardonio Carballo y Juan Pablo Villa.

Otro proyecto de corte experimental es la que ofrecerán los músicos Lázaro Valiente, Carlos Iturralde y Microbelios.

De cine, se proyectará el cortometraje "Nación apache", de Carlos Muñoz, y habrá actividades de las Fábricas de Artes y Oficios (Faros), como una pasarela de moda alternativa, mesas redondas, conciertos musicales y exposiciones plásticas.

Asimismo, se desarrollarán diversos talleres como medicina tradicional, encuadernación, canto y elaboración de papel artesanal, entro otros.

Destaca también en la programación juvenil de la feria del libro el laboratorio de composición e improvisación para lectores no músicos de Lázaro Valiente, en el cual los participantes formarán parte de un performance.

Igualmente, la charla "La experimentación en la ilustración contemporánea" impartida por Amor Muñoz, becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, y un taller de tornamesa, en el que se hablará de la cultura del scratch y del hip-hop.

agp

*Presentación y lectura: sábado 17 de octubre, 7 a 8 p.m.

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Naturaleza muerta y mi bodegón poeta

Se queja.

Enmudece sus colores con e s  c   a    l     a      s grises.

Lloramos al que, a otro, espera. Antídoto estúpido.

Mitad incoherencia. Verdad:

juegas al niño y al cartón caliente.

Envistes al peón. Te meas en tus dientes.

Amamos la altura de nuestros pezones,

y guardamos el silencio

porque vivir cuesta lo mismo que un beso.

Incluso el fuerte sucumbe,

es lo vulnerable,

los dientes que se van minando por la sustancia.

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ANDANZA DE ROPAVEJERA

Drama en duetto

Es el tiempo de los dioses que han huido y del dios que vendrá. Es el tiempo de indigencia, porque está en una doble carencia y negación: en el ya no más de los dioses que han huido, y en el todavía no del que viene.

Hölderlin y la esencia de la poesía, Heidegger

Alita sabía muy bien que no podía volar, porque no tenía alas. Era simplemente liviana como una hoja, casi como una paja, casi, casi como las semillas con alitas de ciertos cardos, los panaderos que el viento suave lleva muy lejos. Cuidado con el viento, Alita, que puede llevarte. Se juiciosa, que el viento puede conducirte adonde no quieres.

Paul Eluard

Cuadro de texto: Escenario: una casa abandonada; ruinas citadinas Caracterización de los intérpretes: pepenadores  Distinción de voces:  Parte 1 Redondas = voz 1 fuera de cuadro, mientras otro personaje [hombre] improvisa danzando Cursivas = voz 2 [mujer]; relata desde una silla. Parte 2 y 3 Redondas = voz 1 fuera de cuadro, mientras otro personaje [mujer] danza. Cursivas = voz 2 [hombre]; relata desde una silla.

[Escúchese : ‘Four Gnossiennes’ de Erik Satie]

1

Bordeaba con una uña el grano en su sien hasta que sangraba. La manía devenía en tensión. Rascaba hasta hinchar la piel y luego se arrepentía por la cicatriz que quedaría —no te hagas daño, se decía. Pasaba la noche en vela; saliendo a dar vueltas a la calle, dos o tres veces por la madrugada; vigilaba a las cucarachas, de las que su piso era nido, para aplastarlas. A veces, la fatiga le hacía quedarse recostado, observando cómo movían sus patas y se arrastraban abriendo las alas. Había aprendido que las pequeñas se camuflagean con el suelo; las grandes son muy rápidas, más que las pequeñas: corren, saltan. Elásticas. Las había güeras, alemanas, asiáticas y, por alguna extraña razón, blancas, tan blancas que se deshacían al soplarlas. Dejaban sus esqueletos en cada rincón de su cuerpo. A veces. Alucinaba verlas. A veces. Oía los disminuidos ruidos de su caminar. Se cansaba. No quería acostumbrarse: y no había opciones.

Mi historia no tiene príncipes o botellas al mar con mensajes de amor. Me siento todas las tardes (todas es mentira) bajo la sombra de aire de un ciprés: espero. Espero nivelar una brisa que no es y un aire que contiene millones de años de una fuerza brutal, igual a la tensión de las placas tectónicas de una falla; una brutalidad para atemorizar a cualquiera del venir de un torrente de calma engañosa: mi presagio.

Sabía de su padre que, cuando niño, tocaba el arpa cada vez que se sentía triste y de su madre /caracterizada como Cihuacoatl/, que tenía serpientes en la cabeza, por lo menos en los sueños. Recordaba las noches de verano en que se sacrificaban las víboras de su rancho para bien-decir su tierra.

—El arpa de papá es un lamento. [Cantaba]

—Las serpientes de mamá, / las serpientes de mamá, / las serpientes. [Recordaba]

Despertaba cuando caminaba un diminuto remolino en su piel. Se había acostumbrado. Eran los ácaros de su memoria que salían de su cabeza [metafóricamente, la almohada] en busca de otro nido que los acogiera.

Tenía algo de compulsiva su desfiguración. Leí una vez en la puerta de un baño público que resulta espantoso eso de que la belleza no sólo sea una cosa terrible, sino también misteriosa. Repaso esta frase, como rezo obseso, cuando me veo reflejada. En mi casa no tengo espejos.

Las cucarachas le cosían un odio romántico en círculos, agotando los hilos de patas arcaicas, la escoria añeja e infecciosa que le tapaba los oídos con ocotas.

Me recurren sueños de vacío de los que me queda una sensación culposa. Alguien me jala. Me atemoriza el rapto: mi presagio.

Ha querido confesar un temor atávico e insolente que lo carcome; confesar que él y tú [sólo él] no merecen tales mercedes. Nunca nadie habría de comprarle el shampoo o lavarle la cara, mucho menos escoger su menú de pompas de jabón. (Prefiere dormir con su mona amarrada por una soga al cuello, triunfante y altiva como su garganta que relincha.) No hubiera querido darle por regla un remanso o sus lágrimas en ponche de risas, soñándola con un ojo abierto y asiéndose de tantos “me muero de sin usted”.

Fuerte no significa gracia ni detonante. Ni la alternancia de sustancias o “bien portado” amor, “alegre” amor, “completo” e “infinito” amor. No tendría por regla el amor. Él no quería vivir en amor ni en el fuego de un dragón. Porque roncas. Con la conciencia roncas. Con la herida abierta [siempre un boquetón] de melodramas. Y dices que “lo amas” con un amor estupidizante. Tú, ridícula libélula de cola de corazón:

él nace y te anida.

Nace y te anida.

Nace y mil veces te anida.

Te anida y mil veces te devora.

Él devora.

Alabarte no me calla.

—¿Eres quien espera o hace esperar?

—Des-espero y parto. Te coloco atrás. Vivo el duelo. Has muerto.

Cruzo las palabras como cuando es amor y amor(-)atado. [Escribe en una pizarra]

¿Lloras de repente?

Lloro cuando estoy triste;

pero ¿lloras de repente?

Lloro

Tiene el corazón humano, pero en la calle es el momento en que debe transformarse en asesino.


no quiero

no puedo

no necesito

no quiero

no puedo

no necesito

Nó quiero.

Nó puedo.

Nó necesito.

Nó quiero.

Nó puedo.

Nó necesito.

Nó.

Nó.

Nó.

Nó.

Nó.

Nó.

no quiero

no puedo

no necesito

no quiero

no puedo

no necesito


¡Sosiégate! Si te mal portas, la ropavejera vendrá y en su costal te llevará. La mamá serpiente, a diario, le mordía con el veneno del amor neurótico, protector e incipiente: le acostaba por las noches recordándole: “El vampiro oculto, formado de todas las bajas pasiones de los hombres, quiere llanto de niño”.© Él no lloraba, no se atemorizaba pero no dormía. El lamento de su papá se colaba por la ventana, junto a un olor a basura que emanaba de la coladera de su quinta. Creció recordando el olor a basura, a padre, padre que abandonó, padre que se perdió, padre que, quizá, murió. Parecía ido el día que decidió salir de casa para vagar, cogiendo las botas, sin ropa, sin dinero, sin nombre.

Lo veía debajo de un ciprés pelón, todas las mañanas, sentado, esperando. A su lado, un par de costales de cemento parecían sus maletas. Sabía escribir porque en una pequeña libreta anotaba. Sus ojos eran verdes, el cabello de un largo mediano, castaño claro. Era un hombre sereno, joven, sucio, muy sucio, pero de buen aspecto. Era guapo. Desaparecía en las tardes. Sólo le veía en las mañanas, cuando pasaba a su lado, caminando veloz por la premura de mi tiempo. Le veía, le veía siempre que podía. Había pensado en saludarle. Cuando lo tenía frente, no me atrevía, pero lo veía, lo veía siempre que podía; le sostenía la mirada. A veces, le hacía una mueca con intención de sonrisa, pero mueca al fin y al cabo, una mueca fea, pero con intención de sonrisa. [Desencajada] Una mueca de lástima.

La había querido, querido bien. La había deseado. Él también le sostenía la mirada. Pero la veía sin adjetivos, con mirada clara. Totalmente clara; como el espejo que odiaba. (Pero es que quién es ese que ve claro, qué hace ese que ve claro, porqué vaga el que ve claro, porqué está sucio el que ve claro, porqué huele mal el que ve claro, porqué no le importa quién es, a ese, el que ve claro.)

Ojalá no tuviera que vivir así, desencontrando.

—Desempolvando el amor por rincones.

—Sosteniendo cochambres, tambaches, placentas ajenas. Suicidios de escopeta, balas atravesadas en las cabezas, muñecas de alfiler [muestra una muñeca santera]. Vestidos santos, antídotos para trágicas. Tremebundos miembros gangrenados, soledades de escaparate, egos de quinqué.

2

La casa olía a sexo, sexo humillante, hipócrita, sexo de amo y esclavo, incómodo, violado. No sentía asco o repulsión; vergüenza, sí, por estar recostada sobre esa cama rosada, al lado de peluches infantiles: a la mirada de un desconocido. Ella venía a sustituir a la hija raptada. Estaba acorazada. (Lo primero que el hombre hizo, fue vestirla de floreado, con una chaqueta guinda; trenzarle el cabello y tomarle una fotografía abrazando un winie poo gigante.) La casa era sucia, pero ese cuarto rosa: impecable, perfumado, decorado con girasoles y algunas flores de cempazúchitl. Olía a muerte. Olía a sexo violado, a muerte, mordaza: muerte.

Cuando entró por vez primera a su casa, recordó ese sueño, ese olor que la paralizaba —y también a limón—. Sólo que no había ningún cuarto rosado, ni perfume de flores. No había mas que olor a caño, bolsas de basura, cucarachas color de arena y botellas, de esas listas para tirarse a la mar. Encontró pedazos de espejos empotrados en las paredes, sin azogue, pero aun reflejaban destellos de su piel. Le complacían, pues sólo eran eso, rescoldos de su imagen, de su misteriosa cara. Aquello era el velo de los narcisos.

Aprendí a ver claro cuando pasaba las noches en vela, distinguiendo lo luminoso. Pero más claro vi, cuando mis “ojos insomnes” hicieron durar mi Nombre:

[grita]

Mater, pater et familia

Lucha por mí

Et mutabile tsunamierda

Serapio se disparó y sobrevivió, sin vista, sin Nombre, sin esposa, sin hijo. Solo, mutilado, miserable, pero, por fin, claro; amargo y claro.

Pero quise un amor como Galatea ser,

existir,

haber,

tener:

ensayé el papel hasta audicionar y Tener

Haber

Existir

Ser D’Artagnan de sus heliotropos, para caminarle a flote, cuesta abajo (en el Palacio de los Inválidos).

Al pegaso de su vida quiso subir. Abonarle la sangre, vivirle cada gesto sin estorbar. Nunca ser la caía de tela o el cucurucho de su corazón. Nunca cantarle la declaración, pues el títere elegante, que su ópera le regaló, fue suficiente amor.

Despierta…Despierta.

3

Había jurado que regresaría, si la dejaba ir. Confiaba demasiado. Fue noche. Caminaba apurada, como siempre. El hombre la vio pasar; corrió hasta alcanzarla en una calle abismalmente negrazulada. No pudo escabullirse. Le jaló del brazo. Le arrebató el vestido, los zapatos. Comenzó a sentirse como en los sueños: succionada por una corriente inescapable; con el estómago como olla exprés. Reventó en llanto-coraje.

Divisaba al limonero desde mi cuarto. Un colibrí se había hecho de costumbres; me despertaba con picotazos en mi ventana; luego, floreaba sus alas en los aires de gotas tersas del árbol de mangos. Las matas de bolitas rojas, como chícharos, le servían de nido y así, se escondía de los perros que pretendían cazarlo. Sí, el limonero es frondoso. Pero prefiero los mangos. Abro mis ojos miopes y distingo el color guinda, casi rosa mexicano, del colibrí. Espero acumular el suficiente ánimo para levantarme; los primeros minutos del día no me gusta hablar: pienso en silencio: en blanco: en negro: en limones: en presagios.

La dejó ir / luego de diseccionarla.

[Ella se levanta y deambula por el espacio]

Barullobarullobarullobarullobarullobarullobarullobarullobarullobarullobarullo

¿Te jodieron?, ¿cómo es que regresas a Vida?¿Quién eres, tú, tan lleno de Historia; tú, tan hinchado con violencia; tú, tan estéril?

¿Vida? Tóxica. Vagabundea. Implora entrar. Arrastra la canasta de penas. Escarba las basuras. Llora. Sola. Olvida su pasado. Recuerda. Con mirada clara. Extranjera. Viste de invierno. Lleva pañoleta. Campesina. Te mira. Amanece fenecida. ¿Vida?, ¿cuál Vida?

El Futuro al carajo. A decir ahora. A decir para ahora. Decir yo.


© Rasa Seldi, en Los robachicos de José Vasconcelos, p. 73

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Alud púrpura, rondas de poesía en la UNAM (septiembre/octubre 2009)

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La portada de mi primer libro

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Presentación de "Junkie de nada"

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Ciudad resquicio

Ciudad resquicio por la que deambulo en las madrugadas, para encontrar, rumbo a casa, a la puta de siempre que regresa, neceser en mano. Rostro cansado. Vieja. Cada noche más vieja. Saludo a los limpia-parabrisas. Saco el cigarro, se los prendo. Sonrío a los travestis que burlan los coches, en la misma esquina, a la misma hora. Cada viernes, las mismas placas. La misma postura. Chichis colgantes en Gomorra. Ciudad resquicio en la que los hombres me miran como una más al servicio, elegante e inocente bravucona que sortea en cada alto al que pretenda hablarme.

Resquicio, desde donde la anciana que pepena hurga, acompañada por sus perros. El clan también saluda. Los homeless duermen, en su trinchera de cartones y demencia tiznada. Ay, puta ciudad resquicio de esquinas que he aprendido, actitudes que delimito, a mi nado acompasado y certero de aquello que me hincha el pecho, un insomnio crónico que, a pesar del peligro, circundo entre un par de pisos y baresuchos para solitarios. Madrugadas hogareñas, en los cuadrantes de mi afinidad geográfica.

No me sorprenden ni aterran los jorobados, los de narices deformes, los borrachos, los que arrastran las piernas, ni los que escuchan sus grabadoras de juguete, mientras hablan solos. No los que se sientan en el camellón a amanecer. Ni los que estúpidamente caminamos para ver la luna, de reojo, mientras nos cuidamos las espaldas. Mucho menos los vagos que venden rosas, para juntar la mona. Al cabo de un par de noches, todos se hermanan. Los de cuidado son ésos, quienes de día aparentan pulcritud. Depositan monedas al San Judas y comparan al amor con un par de zapatos. Ésos sí me dan asco y mucho miedo.

Pero lo apaciguo, al ver pasar, en fotografías ajenas, la vida que quiero. Una pareja es feliz, son jóvenes, se acompañan, porque ése es el sentido final de la vida. Y pasan los mejores años, juntos, mirándose con derroche. Porque siempre serán los mejores años. Y me alegro, por ellos, por quien espero. Copa en mano, porque no espero. Porque no será. Pero por unas horas me han hecho creer que los amores hipócritas no manejan el universo, ni los ególatras, ni los que lo prostituyen por bicoca de poesía o acostones prestigiosos. El amor todavía existe. Y, paciana, brindo por él.

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